viernes, 15 de mayo de 2015

La curiosa manía de despreciar la tecnología no contaminante



El ser humano posee una curiosa tendencia a la nostalgia. Hace ya unas cuantas décadas que han desaparecido las cocinas de carbón, astillas o petróleo, al menos en amplias zonas del planeta. No necesitamos velas para alumbrarnos, el incienso no purifica nada, al contrario, ensucia el aire y los pulmones lo mismo que cualquier otro combustible. Reconozcamos que incluso las chimeneas de leña, a pesar de su indiscutible encanto, son de todo punto innecesarias. Y ¿qué decir del tabaco y demás sustancias fumables? 

Deberíamos sentirnos satisfechos por haber encontrado un sustituto a los humos a pequeña escala. Sin embargo, y a pesar de las contrapartidas, a saber, la completa dependencia de fábricas y vehículos de motor que ya contaminan lo suyo, seguimos aferrados a unos hábitos cuya toxicidad ignoramos olímpicamente.
Alguien debería informar al ciudadano de que estas costumbres, tan prescindibles como anacrónicas, acarrean un coste bastante más alto de lo que supone la mayoría, de que producen diversas enfermedades respiratorias y agravan las ya existentes. Resulta difícil contabilizar -y tampoco interesa que se lleve a cabo- la cantidad de agravamientos de procesos asmáticos o los broncoespasmos producidos por acciones tan aparentemente inocuas como, por ejemplo, asar en barbacoa. ¿Existen investigaciones que se hayan preguntado sobre ello? ¿La cuestión importa tanto a las autoridades como para encargar estudios fiables que nos orienten de una vez por todas? ¿Saben los enfermos de asma qué causas motivan cada una de sus visitas a urgencias? ¿Alguien se ha preocupado de informarles sobre el particular, de enseñarles a detectar los desencadenantes que les afectan, de ayudarles a mantener unos hábitos preventivos y a evitar los peligros potenciales?

Miro a mi alrededor y, de momento, no hay quien me convenza de que este es el único ámbito en el que se expone a la gente a peligros relativamente sencillos de evitar. ¿Pueden imaginarse a un diabético que no esté informado de cómo debe alimentarse? ¿A un hipertenso a quien nadie le haya dicho que debe eliminar el cloruro sódico? Sigan sumando ejemplos y verán que son innumerables. Y si esto es así ¿por qué a las personas con patologías respiratorias se las mantiene prácticamente en el limbo? ¿Por qué no se divulga este asunto de cara a la sociedad para que el mundo se conciencie y comience a respetar de una vez el aire limpio?

¿Intereses económicos, desidia o una combinación de ambos? ¿En serio? ¿Tan lejos ha llegado nuestra proverbial falta de ética? No lo creo. Como por encima de todo confío en el ser humano, no me cabe duda de que pararnos a reflexionar un minuto serviría para barrer de nuestro entorno la mayor parte de esas (aparentemente inofensivas) amenazas. 

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