miércoles, 30 de septiembre de 2015

El portero

Hacía muchos meses que no sabía nada de Paco, cuando le felicité por su cumpleaños estaba celebrando el carnaval en Tenerife. Me extrañé de que se atreviese a viajar en avión en sus circunstancias y me contestó que él siempre había sido un valiente. Le noté eufórico tras haber salido del bache. Esa fue la última vez que hablé con él.

La semana pasada me llamó. Está empeñado en montar un estudio de decoración en la ciudad dónde vivo ahora; se siente capaz de triunfar de nuevo en el mundo de los negocios, no se ha vuelto a juntar con Cristina ni sale con ninguna otra mujer. De vez en cuando saca de paseo a sus hijos.

Le noté despegado y egoísta, no es el Paco Tella que recuerdo.

Había encontrado un estudio con vistas al mar, en una avenida ancha bordeada por palmeras, a un precio razonable. Nunca  fue demasiado ahorrador.

-Tú verás, chico, –le advertí– es una partida arriesgada, piensa que a partir de ahora, si te salen mal las cosas, no puedes recurrir a tu ex.

Pretendía jugar a hacerse el tonto pero nos conocemos demasiado bien para eso.

-¿Crees que ya no puedo? ¿Qué pasa? ¿Es que se ha liado con alguien?

-¡Venga ya! O te has vuelto más cínico de lo que creía o…

Se irguió endureciendo el gesto, parecía avergonzado.

-Era una broma, lo siento.

Pulsamos el timbre de portería. En cuanto empujamos la puerta, echó a correr hacia el pasillo.

-Cuarto izquierda, pídele la llave al conserje. –Le escuché gritar desde el fondo.

El hombre tenía el colmillo retorcido, como suele decirse. Le daba igual que Paco hubiese estado allí dos veces, que el propietario le hubiese dado permiso expreso, que al fisioterapeuta del local contiguo le hubiese saludado en la entrada. Le daba igual todo y no iba a soltar la llave así como así. Paco nos esperaba en la puerta del ascensor, él agitaba el llavero como si fuese un sereno de otra época.

-Buenas, jefe, -saludó un Paco mucho más jovial que de costumbre- le aviso de que algún vecino ha pasado por aquí con un cigarro.

-¿Un vecino? –contestó altanero el otro –Ja ja, un vecino dice. Era yo, yo el que estaba fumando en la garita.

Por la mirada que crucé con Paco comprendí que lo había intuido. Era el olor del tabaco lo que le había obligado a correr y estaba disimulando por pura delicadeza, una delicadeza insólita en alguien de su carácter.

Julio Alpuy . Tres figuras en relieve - 1962
-¿Así que era usted? –Lo dijo con una sorna apenas perceptible– Pues le contaré que soy asmático, mucho, la verdad, y que una buena bocanada de humo bien dirigida me puede dejar en el sitio.

-Muy bien.

A eso le llamo yo cachaza de bobo. ¿Es que no se daba cuenta de que le estaba retando? Paco habló mirando al techo.

-Ya veo que no le importa mucho. Pero le contaré que está prohibido y que le puedo denunciar en cuanto salga.

Un segundo después, yo tenía la llave en la mano y se había evaporado un conserje. Nos reímos con ganas en el ascensor y luego, mientras intentaba una y otra vez abrir la puerta. Pero la cerradura se resistía. Probó él, probé yo de nuevo.

-No me puedo creer que el fulano ese haya confundido la llave. ¿Tenemos que verle la cara otra vez?

-Baja tú, no quiero que le dé un soponcio al verme.

Pero hasta conmigo parecía avergonzado, ni siquiera levantó los ojos al entregarme la llave correcta. O estaba muerto de miedo. De haberse cumplido la amenaza, habría tenido que irse a la cola del paro a fumar.

-Hay que tener poca vergüenza, -comentó Paco cuando medíamos el ventanal del fondo- pues no le importa un pito que me muera y casi le da un soponcio al enterarse de lo bien informado que estoy. ¿En qué nos hemos convertido, en unos desalmados sin alma?

-Venga, hombre, no me seas redundante.

Creo que se me está pegando el acento de aquí. 

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